miércoles, 30 de mayo de 2007

"Rajes" entre "ellas"

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Más allá de valorar lo acertado o no de este refrán (corren rumores de que fue una mujer la que lo creó), podría decirse que, por su parte, la mujer es el único animal capaz de lanzar esa piedra contra otros de su mismo género.

Me explico. Tengo una amiga, rubia para más señas, que el otro día me dio la clave para entender este extraño comportamiento. Íbamos los dos el sábado pasado por un céntrico multiespacio comercial de nombre marino cuando, de pronto, pasó por mi izquierda una mujer esbelta, final, elegante y pechugona. Lo que en castizo se denomina "un pibón". No obstante, disimulé bien... aunque a mi amiga no la pude engañar. Pocos pasos después, empezó el intercambio:

- ¿Qué, te has quedado embobado con esa tía, no?

- Mujer, estaba muy bien, y uno no es de piedra.

- Pues vestía fatal, iba arrastrando los pantalones, cómo se nota que es una de esas con dinero pero sin gusto, y bla bla...

La conversación tomó derroteros irreproducibles, pero me quedé con la copla. Por definición, una mujer no puede soportar que otra mujer genere más atención que ella. No hablamos de tu novia, sino de cualquier mujer en general: a todas se les tuerce el gesto cuando dices lo simpática que es fulana, lo maja que es mengana o lo buena que está Tatiana. Les puede, no pueden remediarlo.

Y atacan. Indiscriminadamente, a saco. El pelo, la ropa, los zapatos, el maquillaje, el carácter, la inteligencia, la personalidad, los antecedentes, los rumores... todo es susceptible de ser criticado, apaleado y vapuleado en esa chica en cuestión. Cuando a lo mejor, sólo a lo mejor, te has limitado a pedirle la hora.

¿Porqué ocurre esto? Siento que mi limitada inteligencia no podrá comprender qué extraño gusto encuentran las mujeres en "rajar" de otras mujeres, casi siempre sin justificación. Y quizás, directamente, están para que las encierren. Porque yo siempre he tenido la teoría de que los tíos "molamos más" porque si tenemos algún problema con otro tío nos lo decimos a la cara, nos damos un par de ostias y casi siempre acabamos tomando unas cañas juntos. El caso femenino es distinto: ahí entra en acción la sutileza del "raje", el arte de la puñalada trapera y ese toque femenino que hace que, incluso cuando te critican, les tengas que dar las gracias por lo bien que huelen sus desplantes y lo bien que suenan sus insultos.

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